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Cambio de forma

y soy todo.

Porque sin mí

no habría mundo.

Esta mañana amanecimos en España con una nueva mala. En este global ir y venir, pocas veces abre uno el oído con una alegría informativa. José Emilio Pacheco ya no escribirá más. Se fue.

En la agencia le recordamos con esta adivinanza de El espejo de los ecos, ilustrada por Jesús Cisneros. En un banquete de la FIL de Guadalajara, en honor a Pamuk, tuvimos el azaroso privilegio de sentamos en la misma mesa que Tomás Segovia. Un sacrilegio por nuestra parte, casualidades del protocolo.

Fuimos incapaces de probar apenas el menú. Sólo teníamos oídos para las enseñanzas del profesor y sus divertidas anécdotas filológicas. En los postres, a modo de goloso colofón, José Emilio Pacheco se acercó a saludar cariñoso a su admirado maestro. Pocas horas después anunciaban el Cervantes para el colosal discípulo.

El encuentro de dos titanes de nuestras letras del cual fuimos insignificantes testigos. Ya no está ninguno… O tal vez, como en el poema, simplemente hayan cambiado de forma.

En España, tal vez pronto haya parques temáticos donde nos recuerden lo que era tener empleo. O amables conciudadanos nos permitan deleitarnos con la contemplación de sus quehaceres asalariados. Al modo de los jubilados que se procuraban miradores privilegiados desde donde observar -y criticar- el desarrollo de las obras públicas -cuando existían-. En este caso, como reclamo turístico, se trata de un artesano toledano que invita a verle ejercer su antiquísimo oficio ceramista.