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Lugares

Me reconozco de pocos fetiches. Dan casi tanto trabajo como el coleccionismo. Entendido éste como algo más que la mera acumulación de objetos en la cueva de Diógenes. Buscar, encontrar, intercambiar, negociar, recopilar, limpiar, restaurar, conservar, ordenar, clasificar… Pereza.

Tampoco soy de santuarios ni devociones. Entrar en estos lugares me provoca claustrofobia, alergia a los ácaros místicos y urticarias varias. De hecho, mis padres rehusaron comprar el vídeo de mi Primera (y casi última) Comunión porque, cada vez que este estupendo marinerito de agua dulce salía en pantalla, iba acompañado en primer plano de un descomunal bostezo. Adiós a un documento impagable. Perdieron la oportunidad de abochornarme en años venideros.

Por no estar, ni he pisado el Vicente Calderón, aunque sí visité los dos míticos estadios de Boca y River. En Buenos Aires también asistí a mi primer (y, de momento, único) partido oficial de fútbol. Los del recreo no cuentan. Y lo hice a lo grande, contemplando el penoso juego de Argentina, capitaneada por el Pelusa, ante Perú. Se jugaban la clasificación al Mundial que ganamos. Esa excepción fue fruto del jetlag combinado con el magnetismo del divino Maradona… Y mereció la pena. Vivir el último gol de Palermo con la albiceleste. ¡Marcó en el minuto 93 el gol de la victoria! Imaginen.

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Y todo este rollo para decir que los templos a los que realmente soy fiel, allá donde vaya, son las librerías y los cafés. Cuando encuentro algún local que combina ambos, ríanse de los éxtasis de Santa Teresa.

Conocía de la existencia de La Nave, por María Simavilla y David Boyero. En esta salmantina librería anticuaria y joyería de autor, vecina de la Casa de las Conchas, presentaron Amortajado junto a Antonio Marcos. Así, por fotos, conocí de la existencia de ésta. Y, en un reciente paseo por aquella tierra, probamos costillas y, con las manos desengrasadas, nos acercamos al local.

Un rincón mágico en el que conviven, sin celos, ejemplares de segunda mano con un taller de joyería contemporánea. Tomos de los siglos XVII, XVIII y XIX cohabitan con gargantillas y collares que el artesano obra ante la mirada del curioso. Si le acompañaran un impresor, un encuadernador, un copista…  ya sería patrimonio de la humanidad.

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La madera cruje levemente en cada pisada entre los anaqueles de madera, que no hace falta que ardan para dar calor. Velan el sueño de vetustas ediciones de un volumen germano de Heidegger junto a otro de Marías padre con uno de los primeros cuentos de Matute.

No se pierdan sus colecciones educativas con atlas elementales, las series de Apostolado de la Prensa, con títulos tan sugerentes como Entre los pieles rojas del Canadá, o Estímulos, libro de lectura reflexiva y de trabajo escolar, métodos de caligrafía inglesa o El cálculo en la vida cotidiana. Una biblioteca de memoria colectiva.

Les dejo con una muestra de sus pop ups antiguos…

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*Más fotos en su página de Facebook.

ImagenRecuerdos del paso por Buenos Aires en octubre de 2009…

Dos veces me santigüé, descontando el aterrizaje, desde que pisé esta ciudad de ensueño. Ambas al cruzar el umbral de sendos templos: La Bombonera en la que Maradona se hizo carne y El Ateneo de Santa Fe, donde los libros se saborean en palco.

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El antiguo cine reconvertido en gran librería convierte la tinta en lágrima del bibliófilo. Demasiado comercial, en la platea pugnan por la retina lectora Borges, Canetti, Bioy reforzados por la nueva guardia argentina frente a los gurús de la auotayuda, Coelho, Buccay y demás malevos del ‘new age’.

En la cafetería de la tramoya, observadas por el retrato de Gabo, una mina le cuenta a otra sus experiencias cercanas del viaje al París europeo invadido por ciclistas que “andan muy rectos con sus mochilas en cestita”. La capital en la que la Gioconda se aparece abismalmente más reducida que su leyenda.

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Junto a ellas, un caballero (amante, esposo o confidente) remata su copa de champagne mientras la dama (amante, esposa o confidente) repasa por celular la tabla de multiplicar con un colegial ajeno al ajetreo nocturno.

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De esas y otras historias hablan los volúmenes que reposan en el anfiteatro. El telón nunca baja para las letras en este escenario tipográfico.

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